La Chispa de la vida.

Os voy a pedir permiso, para que en esta ocasión, cambien un poco el tono que me caracteriza, la ocasión lo merece. Os doy las gracias por anticipado.

¡Sois los mejores, joder!

 

Acaban unos días duros, largos, tristes… Afrontamos una pérdida importante, mi memoria (que a veces falla), no se olvida de quien (según dice mi madre) fue la primera persona que me cogió en brazos cuando nací (a parte del médico,claro), que cuando yo era una enana me tenía con ella en la cocina cuando amasaba las tortas para hacer gazpacho y me subía las mangas y me daba un pequeño trozo de masa para que me entretuviera, la que nos disfrazaba (junto con mis tías) cada noche vieja (y ella con nosotros).

Hoy, esta entrada nostálgica, distinta a lo que suelo hacer, va dedicada a mi abuela. Mercedes “La Chispa”.

Si alguna persona de las que haya conocido representa el tesón, la constancia, la supervivencia… esa era, bueno es, esta mujer, nacida en el periodo previo a la guerra civil española, trabajadora desde la niñez, madre de 6 hijos y esposa de un hombre rudo pero entrañable (parecía que daba miedo, y así era, pero después era un blando) que pasó sus primeros años de convivencia fuera de casa, trabajando de sola sol, para hacer que una casa de un solo dormitorio y con muebles prestados, fuera un hogar.

He de decir que guardo recuerdos increíbles de todos mis abuelos, pero ella, “La Chispa”, ha conseguido que, a pesar de que ya no está con nosotros, cada recuerdo vaya acompañado de una sonrisa, porque aún cuando el Alzheimer se apoderó de su mente, nunca perdió la alegría, la sonrisa, las ganas de juerga… La que no recordaba quienes eramos, pero sí recordaba que nos quería, nos sonreía, nos daba besos, nos tarareaba la canción de los pajaritos. La que, hasta las pasadas navidades se dejaba disfrazar y se reía de vernos disfrazados a los demás. He de decir que tengo una familia extensa y muy divertida.

Es muy difícil gestionar en general, pero más para las/os escleróticas/os, las emociones que nos producen las pérdidas (las que nos producen las alegrías también nos dejan huella), es muy dificil no dejarse llevar por la sensación de vacío. Hay que parecer un poco “fría/o” para evitar que la situación nos supere, es puro instinto de supervivencia. Los duelos, de la índole que sean, en nuestro caso, deben tener una intensidad controlada, ese sentimiento siempre es grande, pero la forma de gestionar esa pérdida ha de perder intensidad, aunque el duelo se alargue. No nos sirve de mucho, y la tristeza no va a ser mayor, si nos dejamos llevar por la intensidad del momento.

El dolor es algo que entendemos bien, la sensación de vacío, de impotencia… somos unos profesionales de la reinvención, nos hemos convertido en camaleones emocionales (los David Bowie de los sentimientos), que adaptamos nuestra apariencia en función del sartenazo que la vida nos de en ese momento. A veces las personas que nos quieren se quedan esperando a que zozobremos emocionalmente con cada uno de los sartenazos, pero al final nos transformamos en resilientes de pro, que no zozobran con tanta facilidad, ya que hemos aprendido a ver ciertas facetas de nuestra vida con una perspectiva de naturalidad, de lógica aplastante.

¿Nos deberíamos mover en la fina línea de la anti-emoción como forma de prevención?

Mi opinión es que no, quizá sea porque estudio psicología, quizá por mi experiencia de vida que me ha hecho ver la muerte como parte de la vida… pero creo que, en general, las personas somos demasiado temerosas de nuestras emociones, que nos vamos convirtiendo poco a poco en una sociedad de ciborgs de mierda que van de racionales por la vida y de seres individuales, pero que en cuanto perdemos algo, porque es ley de vida, porque es algo natural, porque, a veces, es cuestión de justicia, nos convertimos en individuos desprotegidos e incapaces de gestionar nuestras emociones.

La vida sería más fácil si perdiéramos un poco el miedo y nos atreviéramos a ser sinceros con nosotros y con el mundo, nos reconociéramos  y nos aceptáramos como somos…

Pero bueno, qué sabré yo. Solo soy una esclerótica sin criterio que ha aprendido a sobre vivir a los ¡zascas! de la vida con el humor y el surrealismo (ir de bares también ayuda, para qué engañarnos).

Este es sólo un pequeño adiós dedicado a mi abuela y a mi padre (que nos dejó el año pasado)que aguantaron (91 y 66 años respectivamente) en este loco mundo. 

Muchas gracias a todos los que estáis ahí y no os preocupéis, volveremos a dar guerra en breve. No olvidéis que nada es eterno (salvo las hipotecas), intentad reír cada día. No dejéis de oir la canción que os dejo abajo, mola mucho.

Hale Bopp – Carlos Sadness

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